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La Hematofobia: la fobia a la sangre y las heridas

Hematofobia es el término utilizado desde la psicología clínica para referirse a la fobia a la sangre. Como su propio nombre nos indica, consiste en un temor excesivo a las heridas, los cortes, las jeringuillas y cualquier fuente relacionada directa o indirectamente a la sangre. No es un miedo básico en el que solo la presencia física de sangre vaya a producir la respuesta habitual de las fobias, pero tampoco su respuesta es exactamente igual que en otro tipo de miedos.

Lo más característico de la hematofobia es que comenzamos con una respuesta fisiológica intensa típica de las fobias (rubor, aumento de la presión sanguínea) terminando en un punto contrario caracterizado por desmayos y mareos. Es la llamada respuesta bifásica, común en los miedos relacionados con el dolor. Una respuesta tan súbita que rápidamente nos hace movernos al polo opuesto.

Miedo al miedo

Observar sangre no produce necesariamente una respuesta fóbica en alguien con hematofobia. Puede sentirse incómoda, incluso evitar su presencia saliendo rápidamente de la zona, pero lo que realmente teme un hematofóbico es su respuesta al mismo miedo.

Retomemos la idea de la respuesta bifásica. Una persona que detecte una herida en su cuerpo desarrolla repentinamente un miedo extremo tanto a la propia herida como a las consecuencias que puede traer. Aunque en un momento de calma pueda razonar sobre lo exagerado de su miedo en ese momento solo será capaz de visualizar las consecuencias físicas de la herida y la terrible experiencia que va a vivir. La ansiedad escala tan rápido que damos el salto al lado opuesto, perdiendo el control hasta acabar desmayados perdiendo la conciencia.

Es por ello que situaciones relativamente cotidianas como realizarse un chequeo médico o recibir un tratamiento a través de una jeringuilla son abiertamente evitadas. En este punto la hematofobia se acerca al resto de miedos, donde la persona esquivará cualquier situación donde pueda ver de forma remota sangre, heridas o elementos relacionados con su miedo. Acudir a un médico es prácticamente imposible, al mismo tiempo que compartir dicho miedo se hace impensable; la vergüenza supera la capacidad de raciocinio.

Exponiéndonos a nuestros miedos

Por suerte la hematofobia tiene en común con otras fobias registradas la forma de tratarlas, o al menos de reducir su intensidad paulatinamente. Una vez reconocido nuestro miedo actuaremos de forma constante exponiéndonos a las situaciones donde podamos involucrarnos activamente. Como siempre, comenzaremos retomando hábitos que habíamos desechado hasta llegar a exponernos produciendo nosotros mismos dichas situaciones.

A su vez, la hematofobia es de los pocos miedos donde se puede confiar en que ha surgido por experiencias reconocibles del pasado. Caídas estrepitosas de pequeño, un accidente deportivo en la adolescencia o incluso la presencia de alguien cercano que sufriera algún caso parecido es suficiente para que 'aprendamos' que la sangre se relaciona directamente con el dolor. Al estar tan fuertemente relacionada a nivel cultural con la propia muerte alimentamos la idea de que cualquier pequeño infortunio donde se involucre la sangre puede llegar a tener consecuencias fatales.

Hay que tener en cuenta que la respuesta bifásica produce que el tratamiento requiera más cuidado de lo normal. Aunque la exposición siga siendo lo más recomendable no sevirá de nada si acabamos desmayados al final de cada sesión. Vigilar la respuesta fisiológica y aprender a controlarla será un paso previo necesario para que podamos avanzar en el tratamiento.

¿Sabías qué...?

La fobia a la sangre se da prácticamente en exclusiva en las grandes ciudades. Con la sobreprotección que tenemos desde pequeños es incluso raro llegar a ver nuestra propia sangre, exagerando la sorpresa del evento incluso cuando son cortes menores.